Padre, mi hijo no me escucha…
Esta es una de las expresiones más frecuentes cuando un sacerdote o un religioso mantiene una charla o algo por es estilo con los papás de algún chavo del grupo juvenil. Pareciera que a los papás se les ocurre exhibir a los hijos delante de una persona que para ellos es considerada una persona que tiene autoridad. Tal vez a ustedes no les ha pasado, pero seguramente han visto alguna que otra vez pasar por ésta situciación a algunos chavos. Estos momentos son incomodos pero déjenme decirles que esta famosa expresión que los padres de familia ponen en esta situación, nos muestra la grande necesidad, por no decir problema, de algo que nuestra sociedad está perdiendo: la capacidad de la escucha.Muchos son los que hablan y pocos son los que escuchan, y aquellos pocos que deciden escuchar tantas veces solo quieren escuchar lo que a ellos les interesa. Ese es el problema de nuestra sociedad hoy, y por mucho, lo es también de nuestra Iglesia. Hemos perdido aqella capacidad de escuchar con atención a las personas (particularmente a los jovenes) y por ende la capacidad de ser escuchados. Ante esto, nos llenamos la boca de palabras, tantas veces inecesarias o en el peor de los casos que hieren mas que un golpe.
Nos quejamos que los jóvenes no tienen valores, que son mal educados, que son rezongones, mal hablados, groceros, etc... sin embargo hacemos poco o nada para cambiar esto. Estamos más interesados por juzgarlos que por ayudarlos. Sabemos bien que no es fácil educar a los hijos, pero una cosa sola es necesaria para saber escucharlos, es decir aprender a darles su lugar, a dedicarles tiempo, haciendoles saber que pueden contar con nosotros los adultos. A veces los padres de familia tienen miedo a decirle un : no! como respuesta a los hijos, aun sabiendo que ese "no" es educativo y necesario para su crecimiento.
Uno de los errores mas frecuentes que los adultos cometemos es gritarle a los jovenes, creyendo que en ese modo para que ellos entiendan " que nonsotros somos la autoridad". Ese es el primer error y es también aquello que impide un diálogo profundo y una sinceridad entre padres e hijos. Lo cierto es que pococ a poco, veremos con gran intensidad que si no hay diálogo, no habra estabilidad familiar, ní mucho menos el sentido de ser Iglesia.
Por hoy es todo amigos, los próximos dias seguiré hablando sobre esta complicada situación.
Hatsa pronto…
Hno. J. Misael

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